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La danza de los salmones

No se me ocurre mejor manera de titular el presente escrito que rememorando la maravillosa obra de Mercedes Salisachs, editada por primera vez en 1985. Según palabras de su autora, una “fábula novelada”, en la que sus protagonistas, dos salmones, Patricio y Potámide, nos aportan una maravillosa historia llena de enseñanza y valores, directamente relacionada con el complejo ciclo biológico de estos emblemáticos peces.

Septiembre. La temporada de pesca ha finalizado recientemente. Truchas, reos y salmones disfrutan de su merecido descanso después de meses de asedio y persecución por parte de los pescadores. Es un auténtico placer pasear en tales circunstancias por las orillas del Sella. Un verano atípicamente seco en estas tierras, hace que el caudal sea escaso. En estas condiciones el río apenas esconde sus tesoros. Me siento en la orilla. A mis pies, un buen “piño” de salmones. Se han espantado, pero enseguida regresan a su postura. Estoy convencido que muchos de ellos me están viendo, igual que yo a ellos, pero se sienten inmunes, se saben ganadores de ese merecido descanso. Paso horas y horas observándoles. Tengo todos los pozos para mi, todas las corrientes para mi, todo el río para mi. La soledad está prácticamente asegurada. Aunque parezca mentira, estas jornadas son tan gratificantes como aquellas otras caña en mano.

Nos adentramos de lleno en octubre. Los salmones se agrupan en los pozos en espera de la llamada del agua para remontar a las zonas altas, a sus zonas de desove. Pero ese agua no llega. La ansiada lluvia sigue sin aparecer. El caudal del río continúa siendo escaso, muy escaso para estas fechas. La concentración de ejemplares en algunos pozos aguas abajo de la presa de Caño, es significativa. Esta presa deriva agua a una pequeña central hidroeléctrica, siendo uno de los lugares de mayor popularidad y tradición del río. Con un desnivel de cinco o seis metros, el agua se precipita con fuerza entre rocas y peñas, creando uno de los parajes más bonitos del Sella. Para facilitar el ascenso de los salmones, el siglo pasado se construyó una escala a modo de artesas.

Los peces, lejos de cebos y moscas, aguardan pacientemente la llegada de las primeras lluvias para ascender la presa de Caño, y así poder cumplir con el único objetivo que les ha hecho regresar de nuevo a su río natal, desovar y perpetuar la especie. Miles de kilómetros y cientos de obstáculos han quedado atrás. Otros están aún por llegar.

Noviembre. Como cada día, miro la predicción del tiempo en Internet. Por fin llegan las lluvias. El Sella aumenta casi dos metros su nivel. Apenas un par de días después de la brusca precipitación, el río comienza a bajar, y aunque no lo hace con la misma celeridad, desciende a buen ritmo. Ha llegado el momento

Conduzco camino de la presa de Caño. Me separan doscientos kilómetros de la misma, pero no importa. Estoy ansioso por llegar. Hace tiempo que dejé de ponerme nervioso con la caña en la mano, pero hoy, sin ella, si lo estoy. Al llegar, y ver los coches que hay sobre la presa, me hago una idea de la expectación que genera este fenómeno. Numerosos fotógrafos y curiosos se encuentran ya, con sus equipos fotográficos, inmortalizando semejante espectáculo.

Siento lo que es estar en el lugar apropiado en el momento idóneo. No es fácil dar con el preciso momento en que los peces se deciden a remontar la presa en otoño. El punto álgido se prolonga durante dos o tres días, no más. La diosa fortuna ha estado de mi lado. El espectáculo es impresionante, un regalo visual. Los salmones nos obsequian con docenas de saltos, demostrando todo su poderío, elegancia, y esa tremenda lucha por la supervivencia que les caracteriza. Una maravilla. Algunos consiguen superar los obstáculos sin mayor problema, otros, los menos ágiles, fallan algunos de sus intentos. Cuando algún gran ejemplar se muestra, la admiración entre los presentes es generalizada. Nos miramos unos a otros sin decir nada, no hace falta.

Han pasado casi cuatro horas. Dejo de sacar fotos y decido dedicarme a observar. Me siento y simplemente observo. El espectáculo continúa, acrecentado aún más al caer la luz. Me pregunto si estos maravillosos peces merecen el trato que les dispensamos y la poca atención que reciben de nuestra parte.

Regreso a casa, y lo hago feliz, satisfecho, pletórico, con magnificas capturas en mis tarjetas de memoria. Me hacen la misma ilusión que las conseguidas con la caña. Un año más Asturias, de nuevo el río Sella y la presa de Caño. Un año más… la danza de los salmones.

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